Centenares de exiliados cubanos se volcaron ayer al barrio de la Pequeña Habana, en Miami (EE.UU.), y con cánticos y carteles por una «Cuba libre» rechazaron la histórica visita a la isla que el presidente de EE.UU., Barack Obama, inició ayer, a la que calificaron de «traición».

Tras concentrarse frente al monumento a los mártires de Gijón, los miembros del exilio, en su gran mayoría vestidos de blanco, iniciaron una caminata hasta La Casa del Preso Cubano entre críticas airadas contra las «concesiones unilaterales» hechas por Obama desde que EE.UU. y Cuba restablecieron relaciones diplomáticas.

Con carteles y consignas a favor de los derechos de la población civil cubana y la «resistencia civil», las organizaciones del exilio, el «convidado de piedra» en la normalización de relaciones entre ambos países, criticaron que la visita de Obama apunte más a un «viaje de negocios con el régimen».

«Desde el anuncio del cambio de política por parte de esta Administración se ha incrementado significativamente la represión en Cuba, nada ha cambiado», manifestó a Efe Silvia Iriondo, presidenta de Madres y Mujeres contra la Represión (MAR).

La exiliada destacó que la visita de Obama «legitima el régimen castrista» y que el momento actual no era el indicado para emprender una visita oficial, porque en Cuba no «habrá conciliación, libertad ni democracia mientras exista ese régimen».

«El legado del presidente de esta gran nación no debe ser un legado de relaciones ni intereses comerciales, sino de los valores de la libertad, la democracia y de los derechos», ahondó Iriondo, quien estimó que el mandatario estadounidense debió imponer «condiciones» antes de pisar suelo cubano.

Durante la caminata, y vestido de blanco al igual que muchos otros participantes, el ex-preso político Eduardo Prieto Blanco recordó que en el pasado Obama prometió no visitar la isla mientras no existiera una «palpable mejoría» en materia de Derechos Humanos.

«Obama ha traicionado el sentir del pueblo cubano», afirmó Prieto Blanco, mientras sostenía un cartel que rezaba «Los derechos humanos no se compran» y con una camiseta en la que se leía «Democracia sí, dictadura no».