SANTO DOMINGO. ¿Qué haremos con Duarte ahora que la Patria es una batea para lavar activos y pasivos y las madres juegan a ahorcar a sus hijos?
¿Qué haremos con él cuando los que nos protegen prefieren proteger sus negocios y dejarnos indefensos?
¿Qué haremos con el Patricio y sus deseos de fundar una República con el sello indeleble de «sed justos primero si queréis ser felices»? Ni felices somos ni justos, mucho menos. La justicia solo da felicidad a los poderosos y aplasta con saña a los más débiles.
Si, en este 202 aniversario de su nacimiento, Duarte revive cada 26 de enero en la formalidad hueca y aburrida de los actos oficiales, no en la práctica diaria de sus postulados.
Juan Pablo Duarte y Diez siempre ha sido el retrato de un hombre triste. Como si se hubiera arrepentido de crear una República. Nunca sabré si esa imagen ha sido reproducida a propósito para disminuir y subestimar la conciencia nacional.
Una “conciencia nacional” que a estas alturas se porta como estandarte para hacer negocios mientras más ilegales y prósperos, mejor.
Un “nacionalismo” forjado a puras mentiras que nos permite creernos superiores a los vecinos mientras el monstruo regenera sus fuerzas.
Que Duarte no sea una estampa en brumas de un hombre triste y desolado, es mi deseo. Que no sea una excusa, como tantos otros “próceres” para que unos pocos se repartan el oro y la mirra, ese es también mi deseo.








