Navidad, con el Caballero Tropical del Alto Manhattan

POR JOSÉ ARIAS

Cada diciembre llegaba al barrio el caballero tropical del Alto Manhattan.

Un eterno residente sin papeles de la 162 con otra calle que su inglés de bildin sin ventanas y escaleras de hierro parteatrá nunca logró pronunciar como se merecía toda calle de Manhattan. Cosmos y vida recorren sus nervios.

Solo los gringos, decía él, sabían darle ese tono altanero al jodío nombre de la jodía calle.

Siempre ataviado el caballero tropical a la última moda copypaste del Downtown New York al que nunca perteneció. El Downtown de los teatros y las óperas a 50 dólares la entrada más barata. Nada para ir a ver el antíquisimo y emblemático musical Cats Mucho menos The Special Show Dean Martin & Sammy Davis Junior. Lo suyo era Julito Deschamps en el Restaurante Puerto Plata de la San Nicola.

Su mayor lujo era Julito y la la moda copypaste olorosa a nuevo y elaborada en factorías y zulos por inmigrantes sin tiempo ni edad. Colgados como él de un mismo sueño y engurruñados del foquin frío cada amanecer.

El caballero tropical se largó después de que al Ovejú le dieran el Golpe de Estado. Bebía en los chinos de la San Martín, en el Hotel Gran Cantón ubicado entre la Farmacia Televisión y los Helados Cremita . Bebía bien acompañado cuando le anunciaron que tumbaron al Ovejú.

Siguió bebiendo jaca especial y decidió en ese momento largarse donde sea. A él le siguieron miles de hombres y mujeres hasta el soy de hoy. Sabía decisión, Caballero Tropical del Alto Manhattan.

Flú de de seda negra, camisa roja y corbata del mismo color. Sombrerito a lo Frank Sinatra en plan mafioso con su plumita roja incluida a la derecha. El pepillismo del Caballero Tropical. Su flow, su pinta, sin deberle un dólar a nadie. Fajao pegando botones en la sastrería y ahorrando para estar en las Navidades en Santo Domingo, en Villa Consuelo, especialmente en Villa Consuelo.

En su mano derecha un gigantesco guillo de oro qué se yo de tantos kilates. Claro, con la Virgen de la Altragracia en el centro. “Tatica me salva en la selva en que vivo, solo ella me salva”.

Y en su mano izquierda no podía faltar ese litraso de whisky. Esa botella verde de Vat69 que tanto le gustaba a mi papá y al compadrazgo de bohemios pluriempleados y cantantes de boleros que recorrían Ciudad Nueva, el Roxys, Panamericano y el Típico Restaurant Najayo, antiguo feudo del ocio bullanguero de los asesinos amigos de Ramfis.

Ese wiskaso justo y necesario para aliñar los cuentos de pepito – pepito dígame una palabra con ñ-.

Tras las cortinas plásticas y los muebles de Formica comprados a plazos en el mercado de Villa Consuelo ,sonaba latoso y en 45 RPM el Tua Tu Tua Cascabel lindo Cascabel de los Magos del Ritmo, de Félix del Rosario, el más grande creador de Navidades Aguardentosas, las más vibrantes y bailadas hasta el último vómito.

Prendíos los dos en esa pequeña galería con mosaicos blancos y negros mientras las mujeres guayaban platános y roceaban ciruelitas pasas en un plato grande y cortaban hojas verdes y las ponían encima de la mesa de madera de la cocina.

Todas entubadas sus cabezas con rolos de colores mientras tomaban Ponche Crema de Oro y Anís Confite con etiqueta de mono obsceno y se contaban cuentos más rojos y picantes que los de la galería.

Era la antesala a la cocción de pasteles de hojas. El plato Cuatro Estrellas Michelin de la rústica gastronomía navideña.

Y yo gozando un mundo frente a la galería. Oyendo de reojo las conversaciones y chistes de adultos.

No, es mentira, iba y venía. Encendía la mechita del cohetico chino El Gallo de turno que aplastado por una latica de leche condesada Nestlé estallaría como los morteros que explotan en la Guerra de Vietnam “los muchachos que ponen minas en Haiphong”.

Plannnnnnnnnnnnnn. Latica por los aires y el jumo encendío al otro lado de mi soledad.

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