Los aullidos de David

Los aullidos de David

POR JOSÉ ARIAS

 

 

SANTO DOMINGO. Cada fenómeno natural cala en la siquis de cada persona de manera imborrable y única.

Es la memoria del desastre de los que nos quedamos vivos para contarlo. La tradición oral que todavía las tecnologías no han podido enterrar.

Si existiera en los anales de la Historia una lista de recuerdos en las sucesivas generaciones de hombres y mujeres a su paso por esta tierra de cada terremoto, ciclón, tifón o volcán, de seguro serían las crónicas del miedo, del inesperado absurdo, de las tragicomedias para reír o llorar y, obvio , del infaltable dolor por la pérdida de un ser querido.

Por lo que toca a quien suscribe, esta vez quiero recordar los aullidos que emitían los vientos del mortífero Huracán David de 1979, hace ya 36 años.

Sí, en mayúsculas y con nombre y apellido propio en honor a su fuerza devastadora de v ciclón categoría 5 y, claro está, a sus vientos de 240 kilómetros en adelante.

Un Atila de lluvias y vientos incontenibles. Una fuerza descomunal que asoló a varios países del Caribe Central , especialmente, la República Dominicana, provocando la muerte de 2 mil personas.

En 1979, las torres de apartamentos y los edificios no eran tan frecuentes.

La capital dominicana, Santo Domingo, todavía conservaba en los sectores de clase media , un legado de casas unifamiliares con sus patios sembrados de mango, aguacate o simplemente revestidos de verde por la maleza y los cambronales. Para los cultores a la jardinería, lo más común era adornar los jardínes con la simetría de sastre de un césped recortadito y oloroso a humedad. .

De mis recuerdos del Huracán David, lo que se quedó grabado en mi memoria fueron los aullidos que emitían las ráfagas de sus vientos.

Aullidos para acrecentar el miedo ante la ferocidad del fenómeno que penetró por San Cristóbal y salió horas más tarde por el oeste de la Isla generando muerte y destrucción en el país.

Los aullidos de David rechinaban en los oidos con una persistencia y una agudeza inusual para una población acostumbrada a que los desastres se evaporaran antes de llegar. David fue la diferencia.

Además, la inercia del consuelo de “que eso no pasará por aquí” o la frecuente invocación a Tatica para que nos cuide de todo mal no permite anteceder al peligro ante nuestras propias narices.

A los cinéfilos como yo, los infernales “piticos” del meteoro les recordaban-no necesariamente Lo Que El Viento se Llevó-s las grandes producciones holywoodenses como Moby Dick de 1956 dirigida por Jhon Houston donde la fuerzas de los vientos golpeaban sin cesar las olas generando grandes alaridos para el desasosiego de la tripulación.

Al cumplirse 36 años del paso de David, es válido hacer presente a la memoria del desastre. Todo pasa pero todo queda en algún lugar con el debido respeto al Maestro Antonio Machado.

Sí, necesarias contradicciones para la inmortalidad de la existencia de las cosas y de los hombres en su peregrinar por la vida.

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