El peligro de una nueva Cuba se resolvió disparando morteros y repartiendo leche y queso a los “infelices”

SANTO DOMINGO.  La tarde del 27 de abril de 1965,  los constitucionalistas  que reclamaban la vuelta de Juan Bosch al poder y el restablecimiento de la Constitución de 1963, la más moderna en toda nuestra historia republicana, estaban a punto de alcanzar la gloria.

La batalla del Puente Duarte exigió de los  hombres y mujeres del pueblo y del grupo de militares rebeldes,contrarios al CEFA, todo su arrojo y valentía para derrotar a los que luego del descabezamiento de la dictadura de Trujillo,  se erigieron en amos y señores de un pueblo reprimido y hambriento durante 31 años.

Toda la creatividad posible  fue puesta en escena. Camiones para cargar caña fueron varados a mitad del puente. Las piedras, la basura, los palos, las armas incautadas en los diferentes cuarteles policiales de la ciudad,  lograron para espantar al enemigo cuya cobardía los empujó horas después a pedir ayuda del país más poderoso de la Tierra.

A punto estaban los constitucionalistas para capturar el Palacio de la Policía cuando la madrugada del 28 de abril arribaron a los puertos de Haina y Santo Domingo los primeros marines enviados por Jhonson a petición de los militares del CEFA de San Isidro. Wessin, Benoit y otros estaba perdiendo la guerra de una manera  rauda  y veloz.

Días después, “los americanos” ya sumaban 42 mil marines en territorio dominicano. Una descomunal fuerza militar conformada por hombres, portaviones, helicópteros y  armas de guerra. Toda una suerte de artilugios de  tecnología punta. Novedosos juguetes de guerra contra un puñado de hombres y mujeres armados tan solo con el coraje. Desde sus trincheras del honor enfrentaron al invasor.

Una de las  estrategias de relaciones públicas de la fuerza interventora era repartir leche y quesos en envases enlatados de color verde e ilustrados con  una estrella blanca al centro del recipiente. La primera “Cruzada del Amor” en inglés.

Era una manera de  apaciguar la humillación y la verguenza de los dominicanos  quienes a pesar del alto poder de fuego norteamericano acosaron e infrigieron importantes bajas al invasor desde  los comandos constitucionalistas enclavados en la parte alta y baja de la entonces pequeña e íntima ciudad de Santo Domingo.

Repartir leche y queso para espantar “el peligro de una nueva Cuba” ese era el propósito.  El “Plan Social” de los norteamericanos consistía en colocar en las calles más neurálgicas de la pequeña ciudad un camión o dos repleto de quesos y leche de “la Alianza Para el Progreso”, su exitoso  programa de ayuda a los países más vulnerables de la región de la década de los 60s.

Niños y envejecientes formaban filas mucho antes de que llegaran los camiones pese a que la guerra animaba sus vidas cotidianas con el sonido de los morteros de tanques, ráfagas de fusiles y disparos certeros y mortales de los francotiradores. El toque de queda empezaba a las 5 de la tarde y había que aprovechar el tiempo.

La algarabía no se hacía esperar cuando llegaban los camiones a cualquier esquina de la Zona Norte de Santo Domingo.  Era un pueblo pobre y hambriento haciéndole  la guerra a los más poderosos del mundo.  Muchos años después, los gobiernos de turno de la República Dominicana han copiado el modelo: dar para alegrar tu miseria.

A 50 años de la segunda invasión norteamericana queria contar este pedazo de nuestra historia contemporánea.

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